
Así como me ves, te suplico que no temes la resignación de reconocerme como la acabada que hiciste y provocaste. La mentada mala suerte que dicen es sólo una mezcla entre la excusa y la pertinencia de culpar a cada alrededor de que las cosas sigan siendo por cada día más tan nefastas.
¿Crees en eso? Entonces eres el culpable, con quien tuve que chacar para comprobar que no todo va a salir bien.
Con el que no sé si arrodillarme para que no sucediera este padecimiento o si hacer desaparecer en un dos por tres esta mala situación sobre la demencia que me atrapó.
Mis ideas saltan en menos de un minuto, cambiando de lugar y modificando de manera aleatoria lo que quiero decirte, demuestro todavía tengo la dignidad. Mis dedos noi son tan veloces en el teclado como las aluciones se convierten en otras.
Esta pintura espesa, puesta con la meta desesperada de ocultar mi palidez que muestra los pasos de una década y un lustro, cae como la pequeña montaña que añoré destruir yo misma, con el fin de desquitarme con la naturaleza de las cosas.
Tiene que haber más razones para que esta capa de tul negro en mi cara sea más discreta y no deje que te vea tan imperceptible e invivido, sólo si alhguien haya descubierto aquélla emoción y buena falsa alarma.
No soporto esta obsesión de clavar mis flágiles uñas en mi piel en cuanto veo que me las he pintado radiante y temerosamente de color rojo.
Me tengo miedo, me permito dañarme sin pensarlo y… ¿Qué más falta para no culparte de este desafecto?
Escrito por Hayley.
Etiquetas: poesia















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